domingo, febrero 15, 2015

Paciencia, el arte de enojarse lentamente

 “¿Para que el luminoso oro? si eres mudable con la felicidad”
  Jurisconsulto Tenensius, Pergaminos Perpetuos.

“La tranquilidad y la paz no tienen precio, hay que apreciar la calma; es absurdo vivir en un país de mucha abundancia si existe un tenso clima de guerra; no se disfruta, y esto trasladado al ámbito familiar es lo mismo, siempre hay que buscar un lugar sosegado y con gente que no te sofoque…” sabia aconsejarme filosóficamente mí papá en nuestros tranquilos almuerzos cuando yo era niño.
 Este grato recuerdo lo traigo, porque anoche lo soñé nuevamente a mi tío abuelo Marcos, que falleció hace unas semanas lejos de nuestra familia.
 Hasta hace poco se lo rumoreaba en la ciudad como: el señor que dominaba dólares, manoseando semillas.
Fue dueño del QuirMar, la única distribuidora de harina en todo Santiago, hombre de mucho dinero y de fastuosos caprichos: tenia un globo aerostático, fue el primero en comprar un televisión a color, probó todas las marcas de motos, se alquilo un submarino, pago una costosa entrada para la ceremonia de los Oscar, fue a Bahamas a practicar paracaidismo y surf, para su cumpleaños de cincuenta contrató a Los Iracundos y a Las voces de Huayra, presenció seis finales mundiales de futbol, estuvo en la segunda fila de la pelea entre Thomas Hearns y Pipino Cuevas, siguió el tour de Tony Bennett y varias veces se alojó en el hotel Burj Al Arab. Estos carísimos gustos siempre fueron acompañados por mi tía, ya que vivían solos y no tuvieron hijos.
 Pero un día del mes de mayo del 2003 a la salida del negocio, desapareció.
 Al principio sospechamos de un secuestro, porque siempre fue un tentador objetivo para cualquier delincuente, o la posibilidad de algún escarmiento político, ya que tenía fuertes y desubicadas criticas publicas contra el gobierno de Nina de aquel tiempo.
 Las semanas pasaron sin novedades de su paradero. Mi tía entro en desesperación y resignación, delegando la función de la distribuidora a unos primos míos.
 Pero a los meses del mismo año, un telegrama nos notifico que mi viejo tío estaba en un inhóspito lugar del Chaco, viviendo y vendiendo sandías en una casucha al lado de la ruta 95.
 En el momento en que la policía lo encontró no estaba enajenado ni perdido, hablaba perfectamente y con detalles les explico su situación…
 No tenia ningún deseo de ser encontrado, no quería regresar, no le importaba sus bienes, sus relaciones comerciales ni su fortuna, nada. Se hallaba dichoso con su anhelado y nuevo capricho: retirarse a un lugar apartado para disfrutar de la soledad y la tranquilidad.
 Cuando lo fuimos a buscar, pensé que lo notaría desmejorado, pero estaba radiante, de excelente talante y de buen humor. Recuerdo el impacto cuando nos vio, lo primero que nos dijo fue: muy jodida, no vuelvo más, nunca más.
 Nos confesó que en sus largos años de matrimonio, ante la sociedad mi tía era muy sociable, agradable y carismática, pero en la intimidad, era irritante, dominante y controladora con el. Tanto tiempo así, lo había hartado, produciéndole un estallido en su voluntad de querer desprenderse de ella y de todo, en busca de paz.
 No hubo manera de hacerlo reflexionar para que retornase a su ámbito. Nos repetía con desahogo que renunciaba a sus ostentaciones, a cambio de aprovechar sus últimos años por una modesta vida dedicada al cultivo de sandías.
 Ante la insistente negativa de no volver, y la deshonra del abandono, provoco en mi tía mucha vergüenza y bronca, afectándola mentalmente, que lo manifestó encerrándose en la casona, para no salir jamás.
 Y hasta el día de hoy, niega la muerte de mi tío, y cuentan mis primos y la señora que la atiende, que sigue de mal humor, esperando… ansiosamente el regreso de su marido, para revisarle la billetera…
 La recomendación de mi padre terminaba, con una picara sonrisa “… así que cuídate de la mujer molesta”.